Durante todo el Campo de Trabajo estuve impaciente por poder mudarme al nuevo piso. Una de las razones de esta impaciencia, como ya dije, es la luz.

El piso anterior era un bajo interior, así que amanecía a eso de las doce o una y anochecía a las dos, poco más o menos. Por esta razón, un domingo cualquiera me despertaba a las nueve pero no salía de la cama hasta las once, porque tengo tantas ganas de orinar que me duelen los riñones, utilizo una o dos horas en desayunar y el resto del día me lo pasaba dormitando en el salón delante de la tele. Un asco, vamos.

Este piso también es interior, pero es el penúltimo por lo que amanece y anochece a horas más normales. Así que hoy a las nueve ya estaba arriba, he desayunado tranquilo pero sin pausa y he recogido buena parte de mi habitación consiguiendo espacio libre para poder mover la silla del ordenador (todavía tengo cosas esparcidas en cajas por los suelos), he ordenado los bártulos de afeitar, peinar y similares, he hecho la cama (hasta ahora he estado durmiendo encima con saco, porque no tenía espacio para poder moverme y poner las sábanas) y he terminado a la una, sin estar cansado ni nada, así que he estado una hora comprobando correos y foros pendientes en Internet.

Juan dijo que no, que la luz no tenía nada que ver, pero yo creo que sí que tiene que ver. La luz natural tiene algo que no tiene la luz artificial, que te despeja y te da energía. Sí, me repito, lo sé, pero es que esta es la prueba. Esta tarde veré si puedo despejar algo más, o me dedique a escribir otro capítulo de la novela (ya voy por el cuarto), o vete tú a saber. La cosa es que tengo ganas de hacer cosas.

¡Que viva la luz!